Fragmentos de Libro UM SA’AD de Gassan Kanafani.

4725102061524013_616854791713118_1029387690_oUM SA’AD Y LA GUERRA QUE SE ACABA

La mañana era triste.  A través de la ventana, el sol brillaba como una bola de fuego incandescente suspendida en la cúpula del espacio.  Nos replegábamos en nosotros mismos como banderas arriadas.  De pronto, la vi venir al comienzo de la calle bordeada de olivos, como si surgiera de las entrañas de la tierra sobre un fondo de vacío, de silencio y de pena.  Me asomé a la ventana para verla caminar con su alta estatura como una lanza que apuntara hacia un destino desconocido.  Mi mujer se me acercó y miró a la calle:

            -Ahí tenemos a Um Sa’ad1.

            Con la precisión de un reloj, volvía siempre.  Surgía del centro de la tierra como si hubiera una escalera sin fin.  Mientras contábamos sus pasos, mi mujer me decía:  “Veremos lo que piensa ahora Um Sa’ad”.  Yo me decía que para mí:  “No lo sé”.  Suponía que no estaría enterada.  Detrás de nosotros, se amontonaban en la arena blindados destruidos y las divisiones enteras no cesaban de huir.  Mientras tanto, yo oía en la radio el fragor de la guerra y el silencio de nuestros combatientes.  Tras de mí, encima de la mesa, plañía como una viuda.  Su voz, la de la derrota, daba a todas las cosas un aspecto de futilidad: el escritorio, la silla, el plato de comida, la mujer, los niños, los proyectos futuros…, todo aparecía difuso, desvaído.  Hasta la tinta había perdido el color.

            -Um Sa’ad desapareció desde que estallaron los combates –me dijo mi mujer- pero ahora vuelve a aparecer como si tuviera algo que ver con la derrota… Combatieron por ella y perdieron, sólo que ella perdió dos veces.  ¿Por qué viene?  ¿Qué es lo que va a decir?  Se diría que quiere escupirnos a la cara.  ¿Qué es lo que habrá pensado esta mañana al salir del campo?

            Preguntas todas que quedaban suspendidas en el aire como el polvo que flotaba y que casi me parecían dentadas, afiladas, con puntas como cuchillos, sumergidas en aquel haz de rayos plateados que el sol derramaba en el centro de la habitación.

            Um Sa’ad se acercaba a nosotros con su atadito del que nunca se separaba, y caminaba erguida como un estandarte alzado por brazos invisibles.  Entró Um Sa’ad y toda la habitación se impregnó de olor a campo.  Me pareció que era la misma de hacía diez años.  Sólo diez días, ¡Dios mío, cómo habían cambiado las cosas en diez día y cuántas ilusiones se habían esfumado!  Puso su miserable fardito en una esquina, sacó de él una raíz que parecía seca y me la tendió.

            -La arranqué de una viña que encontré en el camino.  Te la doy a plantar delante de la puerta y dentro de unos años comerás uvas.

            Di vueltas a aquella raíz que parecía un trozo de madera pardo oscuro del que  no se podía sacar nada.

            -¿Es ahora el momento, Um Sa’ad?

            Volvió a atarse el chal blanco en la cabeza como hacía siempre cuando tenía el pensamiento puesto en otra cosa:

            -Parece que no sabes lo que es la viña.  Es una planta que da fruto y que no necesita más que un poco de agua, no mucha, porque se pudre.  Me dirás que cómo es eso, pues te lo diré.  Hay siempre humedad en la tierra y en el cielo, pues de ellas saca el agua que necesita y, después, da fruto sin parar.

            -Pero si no es más que un palo seco.

            -Eso es lo que parece, pero es un trozo de viña.

            -Bueno, eso ahora no tiene importancia…

            De súbito preguntó:

            -Ya todo terminó, ¿verdad?

            -Sí.

            -Eres tú el que lo dice.

            Salió al balcón y la seguí despacio.

            -¿Cómo estaba el campo hoy?

            Me miró, y en su frente color de tierra me pareció leer toda la historia.  Después extendió las manos:

            -La guerra empezó en la radio y en la radio terminó.  Cuando terminó, me levanté para romper el aparato, pero Abu Sa’ad me lo arrancó de las manos. ¡Ah, hijito, ah!

            Se había apoyado en la balaustrada y miraba los olivares que se extendías hasta las colinas.  Después, tendió la mano por encima de ellos y me dijo:

            -El olivo tampoco necesita agua.  Lo que necesita es la humedad que chupa desde muy adentro de la tierra.

            Luego  me miró:

            -Sa’ad se fue, pero lo volvieron a traer.  Yo creía que llevaba dos días luchando.  Esta mañana me enteré que estaba preso.  ¡Que vergüenza!  Hubiera preferido verlo muerto.

            -¿Cómo supiste que estaba preso?

            -El lunes por la mañana oímos la radio.  Entonces agarró sus cosas y fue a reunirse con sus compañeros.  Como diablos que surgieran de las entrañas de la tierra, aparecieron todos en el campo.  Los seguí, tomé un atajo, y conseguí alcanzarlo cerca de la entrada del campo.  Le lancé algunos gritos de júbilo y vi como se reía hasta que desapareció de mi vista… Pero, ¡mala suerte!, no consiguió llegar, lo detuvieron.

            -Y ahora, ¿qué?

            -El mujtar2 fue a verlo.  Pasó por casa esta mañana para decirme:  “No tengas miedo, Um Sa’ad, que te lo volveré a traer”  ¡Qué imbécil!  Piensa que eso es lo que yo quiero… ¡Pero abrase visto que imbécil!  Cree que eso es lo que le va a gusta a Sa’ad.  ¿Sabes?, ya verás como el mujtar volverá esta noche y me dirá:  “Tu hijo es un sinvergüenza, lo saco de la cárcel y se me ha escapado para huir a la montaña y cruzar la frontera…”

            -¿Cruzar la frontera para ir adónde?

            Con el brazo tendido no señalaba a ninguna dirección precisa.  Después se volvió y empezó a señalar todo lo que nos rodeaba:  el escritorio, la silla, los niños, la mujer, el plato de comida y, por último, a mí.

            De momento, no me di cuenta de lo que quería decir.  El gesto de su brazo me pareció algo simbólico, demasiado complicado para ocurrírsele a una mente tan sencilla.  Volví a preguntarle:

            -¿Pasar la frontera para ir adónde?

            En las comisuras de sus labios advertí una sonrisa que nunca le había visto antes y que desde entonces he de ver siempre.  Era como una lanza tendida.

            -¡Como si no lo supieras!  ¡Anda, como si no lo supieras…! ¿Pasar la frontera para ir adónde?  Eso es lo que tanto preguntas, eso es lo que los demás preguntan… ¿Por qué no desayunas?

            Sorprendido por la pregunta dirigí una mirada a la comida que esperaba, desde hacía dos horas, a que se me abriera el apetito como una puerta cerrada para siempre con las hojas oxidadas por la herrumbre.  Mi herrumbre era ahora la derrota, el sabor a humillación.

            Insistió de nuevo:

            -¿Pero no desayunas?  Yo tampoco desayuné nada hoy.  Espero que algo me abra los deseos de comer y, no sólo de comer, sino de vivir también, ¿comprendes?  Y no hay nadie que pueda hacer eso más que Sa’ad. –Se calló un momento y después musitó como si hablara para sí:

            -¿Sabes?, si Sa’ad vuelve a casa esta noche, si volviera, no podré probar bocado… ¿Entiendes ahora por qué era necesario que pasara la frontera? –Volvió a tender el brazo para señalar a una frontera imaginaria y recorrió de nuevo el escritorio, la silla, los niños, la mujer, el plato con comida, hasta detenerse  en mí como si su brazo fuera un puente o una barrera.

            -¿Y tú, qué piensas hacer, hijito?  Han pasado veinte años de eso.  Ayer por la noche me acordé de ti cuando oí que la guerra había terminado, y entonces me dije que tenía que pasar a verte.  Si Sa’ad hubiera estado allí me habría dicho:  “Esta vez le toca a él venir a visitarnos…”  Entonces dime, ¿qué vas a hacer? –Sin esperar respuesta volvió a la habitación, tomó de encima de la mesa la raíz de viña y se puso a examinarla como si la viera por vez primera.  Después, se dirigió a la salida.

            -La voy a plantar, ya verás como da uvas, ¿No te dije que no necesita agua?  Exprime las gotas de la tierra, bien abajo, y bebe de ellas.

            Al verla caminar así por el pasillo me parecía inmensa, como una torre enhiesta.  Sin saber por qué, pensé en el mujtar que intentaba que soltaran a su hijo de la cárcel.

            -¿El mujtar te dijo lo que haría para sacar a Sa’ad de la cárcel?

            Al final del pasillo se volvió hacia mí.  Plantada en el umbral de la puerta abierta parecía un titán que penetrara con la luz del sol.  No conseguía ver su rostro con claridad, pero sí la oí decir:

            -¿Pero aún piensas en el mujtar?

-¿No te lo había dicho?

            Eso fue lo primero que dijo Um Sa’ad al día siguiente por la mañana.  Llegó temprano, como de costumbre.  El día anterior me había acostado tarde, así que me encontró todavía en la cama.  No le importó, estaba impaciente por contarme algo.

            -¿No te había dicho que no pensaras más en el mujtar?  ¿Sabes lo que pasó?  Pues se fue a verlos y quería que cada uno de ellos le firmara un papel con la promesa de que serían buenos chicos, pero se negaron y lo pusieron de patitas en la calle.

            -¿Ellos, quiénes?

            -Sa’ad y sus compañeros.  El mujtar me dijo que se habían burlado de él y que Sa’ad le había preguntado:  “¿Qué quiere decir eso de buenos chicos?”.  El mujtar contó que estaban amontonados en la celda y que todos se habían echado a reír.  Uno de ellos, a quien no conocía, le había dicho:  “Buenos chicos quiere decir que seamos sensatos, ¿no es eso?”  Y otro:  “¿Quiere decir que nos traguemos una torta sin masticas y encima digamos gracias?”  Por fin Sa’ad se puso de pie y dijo:  “Amiguitos,  ser buenos chicos quiere decir combatir, eso es lo que quiere decir, eso mismo”. –Se sentó en la silla rebosando una alegría secreta-. ¡Que Dios los proteja!  Mientras el mujtar me contaba la historia, yo reía para mis adentros.  Al final, le dije:  “¡Has tenido suerte de que no te pegaran, puedes dar gracias a Dios!”  Y se enfadó.

            -¿Se negaron a firmar?

            -¡Claro que se negaron!… Le dijeron al mujtar:  “¡Te ha salido el tiro por la culata!”  Y se enfadó.  Sobre todo cuando les preguntó se necesitaban algo del campo y Sa’ad le contestó:  “Saludos a la familia, hijito”.  Se ofendió.  Figúrate, es mucho más viejo que Sa’ad, más o menos de la edad de su padre.  Me dijo que Sa’ad le había faltado el respeto llamándolo “hijito” como si fuera un chiquillo…

            -¿Y qué le contestaste al mujtar?

            -Le dije que Sa’ad tenía un corazón de oro y que si le había dicho eso no había sido con intención de ofenderlo.  Todo lo que había querido decir era que ahora le había llegado el turno a él…

            -Um  Sa’ad, ¡tanto quisiste arreglarlo que fue peor! 3

            -¿Yo?  ¡Pero si lo hice con toda intención!

            -Y ahora, ¿qué va a hacer Sa’ad?  ¿No sería mejor que saliera de la cárcel?

            Se calló y después me miró, y esbozó una sonrisa en las comisuras de la boca.

            -¡De acuerdo!  Pero tú, ¿acaso no estás preso?  ¿Y qué es lo que haces?

            Los periódicos estaban dispersos por el suelo y la radio, que había dejado encendida toda la noche, dio el boletín de noticias.  Um Sa’ad miraba tan pronto a la radio como a mí.  En su mirada me pareció advertir algo extraño, era como si entre ella y yo se alzaran unos barrotes de hierro que mis manos no lograban arrancar.

            -¿Crees que no vivimos en la cárcel ahora?  ¿Qué hacemos nosotros en el campo más que movernos dentro de una prisión extraña?  ¡Cárceles las hay de todas clases, hijo mío!  De todas.  El campo es una cárcel, tu casa otra, y el periódico, la radio, el autobús, la calle, los ojos de la gente… Nuestra edad, también es una prisión, y los veinte años que acabamos de pasar.  El mujtar.  Todos son cárceles.  ¿Y hablas de cárcel?  Pero si toda tu vida estás preso… ¿Te crees, hijito, que los barrotes tras los que vives son arriates de flores?  Cárceles, cárceles, cárceles.  Tu mismo eres una cárcel.  ¿Por qué va a ser Sa’ad solo el preso?  ¿Por qué no firmó ese papel y prometió que sería buen chico?  ¡Buen chico!  ¿Quién de nosotros es buen chico?  Todos hemos firmado ese papel de una u otra manera, pero eso no nos impide estar presos…

            Nunca la había visto tan airada.  Toda ella temblaba.  Me levanté:

            -¡Cálmate, Um Sa’ad!  No he querido decir eso.

            Ya más tranquila, me respondió.

            -Todos dicen ahora:  “No he querido decir eso”.  Entonces, ¿por qué sucede todo lo que está sucediendo?  ¿Por qué?  ¿Por qué no dejar hablar a los que tienen algo que decir?

            -Y tú, ¿no tienes nada que decir?

            Se acercó a mí:

            -Escucha…, sé que Sa’ad saldrá de la cárcel, pero no sólo de ésta sino de todas las cárceles.  ¿Comprendes?.

1 Literalmente, “madre de Sa’ad”.  Para Abu y Um seguidos del nombre, véase de la nota 1 de Hombres en el sol.

2 El mujtar (literalmente “el elegido”) es el nombre que designa en Oriente Medio(Siria, Líbano, Palestina) al alcalde de una aldea, o bien al alcalde de barrio en las ciudades importantes.  Aquí se trata del mujtar del campo de refugiados en el que vive Um Sa’ad.

3 Literalmente dice:  “Quisiste alkoholarlos (es decir, pintarle los ojos con kohol para embellecerlos) y los cegaste”.  Proverbio muy utilizado y que se aplica a una persona cuando pretende adornar o arreglar algo y lo único que hace es estropearlo o empeorarlo.

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