Israel contra las alfombras voladoras

Por Enrique Milanés León

La continuada práctica sionista de encerrar, incluso, a los niños palestinos, descubre su intención de frenar la «peligrosa» Intifada de los sueños.

De regreso a la luz, su frase no fue la expresión típica de un ex recluso: «cuando vuelva a la escuela voy a tener muchas cosas que decir a mis compañeros, como lo fría que es la cárcel». La palestina Malak al Jatib, hasta hace poco la víctima del sistema penitenciario israelí más defendida internacionalmente, tiene apenas 14 años.

Al parecer, la mirada de Malak aún está prisionera.

Al parecer, la mirada de Malak aún está prisionera.

Delgada, con cabello y ojos oscuros, la niña de Beitin, un pueblo cercano a Ramalah, fue detenida en diciembre bajo la acusación de tirar piedras y portar un cuchillo, pero tras casi dos meses en prisión y una multa equivalente a unos 1 500 dólares, y encaminada a otros tres meses de libertad condicional, ella insiste en que la «ayudaron» a confesar.

Su expediente criminal plantea serias dudas. En su cuarto hay cuadernos, lápices y libretas, noticas de adolescente, tal vez una flecha escondida buscando algún corazón… Desde un afiche, Cristiano Ronaldo desatiende por un instante el balón para mirar a Malak, quien tomó una decisión un tanto «sospechosa»: colocó al lado del futbolista, en extraña pareja de delanteros, la imagen de un palestino que murió en un enfrentamiento con el Ejército israelí.

El acta de acusación fue puro sionismo escrito. La niña «recogió una piedra» cerca de la carretera 60, en Cisjordania. Además, «tenía un cuchillo para apuñalar a cualquier soldado que viniera a detenerla», dijeron los ¡cinco! oficiales que la detuvieron el 31 de diciembre. Así sobrevino la prisión.

La imagen de Malak inundó las redes sociales y no poca prensa del mundo. Todos condenaban la atrocidad, mientras Alí al Jatib, el padre, preguntaba cómo era posible que los soldados detuvieran, esposaran y vendaran los ojos a una niña en uniforme escolar, recién salida de un examen. «No sé cómo un Estado como Israel, que tiene todas las armas posibles, puede sentirse amenazado por mi hija, de apenas 14 años», dijo un día Alí a los periodistas. Pero es así: por poderosa que sea, la maldad siempre teme a la poesía. ¿Y qué son los niños si no poesía?

Una imagen dice más que mil vergüenzas.

Una imagen dice más que mil vergüenzas.

Aplastar la semilla

Por mucho que escandalizara, el caso de Malak está lejos de ser raro. Según la organización independiente Military Court Watch, actualmente hay 151 niños palestinos detenidos, por «delitos contra la seguridad», en los territorios ocupados y en Israel. Cerca del 47 por ciento de ellos están en prisiones de Israel, lo que impide las visitas de familiares y abogados para aliviarlos y representarlos.

Con su denuncia, la organización Defensa de los Niños Internacional-Palestina (DCIP) conmueve aun más: en diciembre del año pasado sufrían prisión sionista diez niños de entre diez y 15 años. Los soldados llegaron a hacer arrestos extremos a pequeños de solo ocho años. Como promedio, revela la DCIP, en 12 meses Tel Aviv arresta a un millar de infantes, solo en Cisjordania.

La vergüenza todavía mayor es el maltrato. Ya en 2013, en su informe «Niños bajo detención militar israelí», el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) denunciaba a ese régimen por el empleo de «la intimidación, las amenazas y la violencia física para forzar confesiones de los niños palestinos».

El informe relataba que los menores en esa condición «fueron amenazados de muerte, violencia física, aislamiento y agresión sexual, contra ellos mismos o (contra) un miembro de la familia».

Así tratan los soldados israelíes a estos «peligrosos» palestinos.

Así tratan los soldados israelíes a estos «peligrosos» palestinos.

Alta «peligrosa-edad»

La agencia de prensa IPS relató alguna vez el testimonio de dos adolescentes —acusados de tirar piedras y cócteles molotov a miembros de las fuerzas de seguridad y a colonos israelíes—, que fueron golpeados en el interrogatorio para ayudarlos a inventar la «memoria».

El 11 de agosto de 2014, en la madrugada, un centenar de soldados armados derribó la puerta de la casa de Jalil Jaled Najli, un muchacho de 17 años. «Los soldados me quebraron el brazo al golpearme. Me acusaron de arrojar piedras a los colonos del asentamiento de Beit El», contó Jalil, quien fue condenado a seis meses de cárcel.

Un mes después, su amigo y coetáneo Ahmed Toman sufrió lo mismo, con una variante: para abrir la puerta, los militares usaron explosivos. El estruendo y la golpiza dejaron en la cabeza del joven un surco de dos centímetros de ancho donde el pelo se niega a aparecer. No pudieron obligarlo a confesar, pero sufrió la misma condena que Jalil. «Todos nos sentimos frustrados por la forma en que nos trataron y eso solo exacerba nuestra ira contra la ocupación», comentó a IPS.

En Beit Ummar hay otra historia, la de Mohannad, un pequeño de 13 años que antes de pasar un mes encarcelado fue conminado a confesar. En el interrogatorio le preguntaron varias veces si había tirado piedras. Siempre que lo negaba, le pegaban. Mohannad dijo que sí.

Páginas de la vergüenza

La Asociación por los Derechos Civiles en Israel (ACRI), en su informe «Una regla, dos sistemas jurídicos: las leyes de Israel en Cisjordania», señala que «dos niños, uno judío y otro palestino, acusados de cometer el mismo acto, recibirán un tratamiento sustancialmente diferente. El niño israelí tendrá los amplios derechos y protecciones concedidos a los menores de edad bajo la ley israelí. Su par palestino tendrá derechos y protecciones limitadas, que no alcanzan para su bienestar físico y mental».

En muchos casos, la ley penal aplicada a menores palestinos es más severa que la aplicada a adultos israelíes. «Si Malak al Jatib hubiera sido arrestada por actividad violenta como una niña israelí, habría tenido ciertos derechos, pero estos le fueron negados por ser palestina», afirmó Nuri Moskovich, portavoz de la ACRI.

Infinidad de veces los dirigentes palestinos han escrito a la ONU quejándose de cómo Israel arresta niños en la noche, los priva de todo derecho y los somete a torturas. La propia Organización No Gubernamental israelí B’Tselem sostiene que el 56 por ciento de los pequeños palestinos encarcelados a fines de 2014 ha sufrido interrogatorios «coercitivos», y que el 42 por ciento firmó documentos en hebreo, a pesar de no entenderlos.

Y del insomnio, la ansiedad, el aislamiento y la inseguridad que persigue a estos infantes traumatizados por la experiencia de la prisión ha hablado, con números y adjetivos, el informe de Save the Children.

Dicho sea el horror en una frase: desde el año 2000, Israel —cuya Ley autoriza a juzgar a un muchacho palestino ante un tribunal militar a partir de los 12 años— ha detenido a unos 10 000 menores de ese país en Gaza y Jerusalén Este.

Este mismo mes, el Comité Israelí contra la Tortura reveló que Tel Aviv encierra a pequeños palestinos en jaulas a la intemperie, aun durante el invierno.

Piedra y libertad

Tal vez en ningún sitio del mundo las piedras digan tanto como en Palestina. Símbolo de lucha para sus hijos, fobia para los jerarcas del sionismo, las piedras no callan jamás. Israel les teme, quizá más que a los cañones. Un adulto palestino puede enfrentar diez años de cárcel por tirar piedras (si agrede con ellas a personas o propiedades) o 20 años (si las dirige a un vehículo). Un niño de 12 años puede ser encerrado hasta seis meses, y uno de 14 o 15, hasta cinco años, por lanzar fragmentos del suelo de su patria contra los ocupantes.

«Recoger una piedra» —como se toma una flor— fue, según el acta de sus captores, el delito que llevó a Malak a enfrentar en enero el tribunal militar de Oler. Ya libre, desde el 13 de febrero, la niña lo niega: «No admito haber cometido ningún crimen. No lanzaba piedras, no tenía ningún cuchillo».

Su padre sostuvo siempre su inocencia: «Mi hija tiene 14 años. Una vez en el interior de las barracas israelíes podría haber reconocido cualquier crimen, del miedo que debía tener. ¡Si le hubieran pedido que confesara que llevaba bombas nucleares encima, lo hubiera hecho», dijo Alí al Jatib.

Su mujer, Jaula al Jatib, recuerda con memoria de madre que se le «partió el corazón» cuando vio a su muchacha en el tribunal. «Le llevé una chaqueta, para que no pasara frío, pero el juez me impidió dársela», ha contado.

Jaula se ve ahora aliviada, pero es difícil aventurarse a decir que está feliz: en su tierra hay todavía mucho colono ajeno y mucho militar usurpador y hay tras las rejas del poderoso muchos pequeños como su hija, de un sexo y otro.

Jaula sabe que en casi dos meses su hija pasó mil y una noches prisionera, que las manos de hacer tareas escolares de la pequeña sienten aún el peso de las esposas y que sus piececillos de princesa árabe difícilmente olviden esos grilletes que, en días de larga pesadilla, impedían a su alfombra volar al cielo estrellado de Jerusalén.

Tomado de Juventud Rebelde

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