Ser campesino en Palestina, otro modo de resistencia

En noviembre una delegación vasca tomó parte en un viaje solidario a Palestina para conocer de cerca las violaciones a los derechos del campesinado local. La siguiente crónica relata lo que los vascos vieron en las zonas ocupadas por Israel. 

Palestinian farmers harvest wheat on a farm in Khan Younis“Para proteger la vida humana es importante respetar, proteger y hacer cumplir los derechos de las campesinas y campesinos. En realidad, el actual número de violaciones a los derechos de campesinas y campesinos amenaza la vida humana.”

Así reza parte del primer punto de la “Declaración de los derechos de campesinas y campesinos” que La Vía Campesina -LVC- envió a la Onu para su aprobación. En este marco se inscribió el viaje solidario a Cisjordania y Gaza organizado por LVC y la palestina Unión de Comités de Trabajo Agrícola -UWAC-, en el que tomó parte una delegación vasca formada por miembros de la Asociación de Campesinos del País Vasco (EHNE Bizkaia) y la Unión de Campesinos Vascos -ELB-.

Si los problemas y carencias que sufren los campesinos a lo largo y ancho del planeta son muchos y de gran magnitud, más terrible aun es la situación que padecen en Palestina, donde la lucha por no ser despojados de sus tierras es el centro del conflicto que mantienen con el Estado de Israel.

La maquinaria de la ocupación

“Por lo general, cuando hablamos de Palestina olvidamos que son los campesinos los que están en la primera línea del conflicto, cuenta a Brecha Malu Egiluz, miembro de Ehne-Biz­kaia. Ane Bados, de Elb, toma el relevo: “La tierra es la clave del conflicto. Israel quiere apoderarse de la tierra, y para ello debe expulsar a sus habitantes, y todavía hoy quienes poseen más tierras son los campesinos. Muchos han sido los recursos empleados para expulsar a los palestinos de sus tierras desde la proclamación del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948: de masacres indiscriminadas a la destrucción de pueblos y aldeas En junio de 1949 eran ya 940 mil los palestinos refugiados en el extranjero. Sólo un año antes los habitantes árabes de Palestina sumaban 1.364.000. Las tierras y demás bienes que se vieron obligados a dejar atrás fueron confiscados por Israel, recayendo su gestión en manos de la Knesset, el parlamento israelí, merced a un corpus legal elaborado entre 1948 y 1950, las “leyes de propietarios ausentes”. Los colonos fueron los primeros receptores de estos bienes usurpados.

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“La resolución 194 de las Naciones Unidas, de diciembre de 1948, dice que ‘debe permitirse a los refugiados que deseen regresar a sus hogares y vivir en paz con sus vecinos, que lo hagan así lo antes posible, y que deberán pagarse indemnizaciones a título de compensación por los bienes de los que decidan no regresar a sus hogares y por todo bien perdido o dañado cuando, en virtud de los principios del derecho internacional o por razones de equidad, esta pérdida o este daño deba ser reparado por los gobiernos o autoridades responsables’. Pero en contra de lo que, por lo común, se piensa en Europa, no se trató de una medida tomada a favor de los palestinos: cuando se ha dado algún tipo de compensación, siempre ha sido en dinero, nunca se han devuelto tierras”, explica Ane Bados.

El muro que Israel construye actualmente es también “otra herramienta destinada a usurpar más tierra palestina”, cuenta Joseba Koskorrotza, de Ehne-Biz­kaia. “Sólo el 20 por ciento de lo construido se ha hecho siguiendo la ‘línea verde’, la frontera marcada por la Onu en 1947; el resto está levantado en los territorios ocupados, llegando a penetrar en éstos hasta 22 quilómetros en ciertos puntos. Una vez que se hayan completado los 721 quilómetros del muro, Israel se habrá quedado con un 10 por ciento de Cisjordania.”

La franja de seguridad a ambos lados del muro, de 300 metros, es también tierra que los campesinos palestinos no pueden cultivar. Carreteras, autopistas y fronteras también tienen sus respectivos espacios de seguridad utilizados, por ejemplo, para arrebatar a los palestinos las tierras más productivas del Valle del Jordán.

“Son muchas las personas que tienen tierras de cultivo a ambos lados del muro, pero necesitan un permiso, difícil de conseguir, para cruzarlo en las tres horas que el Ejército israelí abre los pasos; y, aun teniéndolo, los militares pueden aducir “medidas de seguridad” para negar el paso a quien quieran. De este modo obstaculizan el trabajo diario de los palestinos”, por ejemplo en momentos de cosechas, dice Ane Bados.

Kelo Arribas, de la cooperativa por la soberanía alimentaria Uztaro, presenta otro aspecto de la problemática: “Para ocupar Palestina por completo es fundamental debilitar el sistema agrario que, como casi toda la economía palestina, está controlado por Israel. Los palestinos sólo pueden dar dos destinos a su producción: el autoconsumo o la venta en los mercados locales; los militares, a sabiendas de esta situación, pueden hacer esperar horas y horas a los palestinos para pasar los controles de seguridad hasta que la mercancía se pudre”. Existen por supuesto otros medios para dañar al agricultor árabe: “Los palestinos deben importar todo aquello necesario para la producción agrícola, e Israel controla las fronteras, imponiendo a esos insumos tasas cada vez más altas que graven el producto final. Las importaciones suelen ser de productos israelíes de escasa calidad y altos precios, como los abonos. Como remate, Israel introduce sus propios productos (cultivados en tierras ocupadas, en colonias de Cisjordania, del Jordán), muchísimo más baratos”.

La situación tiene una muy grave consecuencia: las granjas de los palestinos no son rentables y corren riesgo de ser abandonadas, algo que, de acuerdo a la legislación de Israel, permitiría que esas tierras fueran confiscadas y entregadas a los colonos. “Para mantener sus explotaciones los palestinos han de buscarse otros empleos en otras cosas. Por lo general trabajan en las colonias o fábricas israelíes, donde constituyen la mano de obra más barata y precaria. El negocio de la ocupación es redondo. En Palestina, por lo tanto, ser campesino es otro modo de resistencia.”

David Lopategi, de la asociación Bizilur y concejal en el ayuntamiento de Bilbao por la coalición independentista EH Bildu, pone sobre la mesa otro de los objetivos de la ocupación israelí: “El muro es también utilizado para hacerse con el control de los acuíferos. Las napas subterráneas están en Palestina, no en las tierras que la Onu concedió a Israel. Así, ampliando el muro, se hacen con el control del agua. Hoy en día el 80 por ciento del agua está en manos de Israel; la restante, a menudo contaminada, queda para los árabes. Además son los israelíes quienes deciden cómo, cuándo y para qué deben utilizarla”. La prohibición de construir nuevos pozos o efectuar reparaciones en los ya existentes deja bien a las claras cuáles son las intenciones de Israel.

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Los palestinos acostumbraban, además, a tener suelto su ganado en el fértil Valle del Jordán, algo prohibido por las medidas de seguridad impuestas por el Ejército. “En caso de encontrar ovejas sueltas, las tirotean. Si el ganado que encuentran suelto son vacas, las llevan a las colonias y piden una cantidad por animal y por día de custodia, para restituirlas. Como el pastor es, además, detenido por tres días, la multa parte de ese mínimo. Muchas veces los palestinos tienen que vender parte de su ganado para recuperar el secuestrado”, detalla Bados.

Muchos de estos pastores son nómadas, beduinos: “Israel tiene planes para acabar con el nomadismo y fijar a los beduinos en un lugar determinado del Jordán”, dice Malu Egiluz. “Después, privados de sus trabajos tradicionales, se verán obligados a trabajar en las granjas israelíes o en las fábricas de cosméticos.”

Si la mayoría del agua consumida por los palestinos está contaminada, lo mismo sucede con las aguas costeras de la Franja de Gaza, consecuencia de la destrucción del alcantarillado. Aunque en los Acuerdos de Oslo de 1993 se concedía a los palestinos el derecho de pescar en una franja de 20 millas, los ataques de la marina de Israel los obligan a hacerlo en tres millas, apoderándose la industria pesquera israelí de esas aguas. Además de contaminadas, esas tres millas son la zona donde se reproducen los bancos de pesca: los palestinos están obligados, por lo tanto, a trabajar en contra de su propio futuro.

Mujeres invisibles

El miedo presente entre la población de Gaza castiga sobre todo a las mujeres, doblemente afectadas: por la ocupación israelí y por el ascenso del islamismo. Sus familias, en un intento por protegerlas de militares o militantes islámicos, no las dejan ir a estudiar o a trabajar. Las agricultoras vascas Malu Egiluz, Ane Bados y Ana González afirman que en las instancias que visitaron (municipalidades o sindicatos, por ejemplo) nunca hubo mujeres entre sus interlocutores.

Tomado de Brecha

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