Al Nakba

El 20 de julio de 1949, hace 65 años, Siria e Israel firmaron, bajo el auspicio de las potencias imperialistas y de la entonces URSS, el armisticio que dio por concluida la llamada guerra de 1947/48, un período que el movimiento de lucha palestino identifica como Al Nakba, “la catástrofe” y que significó el asesinato en masa de pobladores palestinos, la expulsión y el sometimiento de un millón de ellos y la confiscación de sus tierras y de sus bienes.

Palestina 1948 Al-Nakba_desalojo  27 camiones

Por Christian Rath

Lo que se consideró, de acuerdo al relato oficial, una guerra, fue en realidad una operación criminal del sionismo para imponer la limpieza étnica de Palestina y forjar un cuadro de aplastamiento del movimiento de liberación nacional en el Medio Oriente y de opresión y explotación del propio pueblo palestino.

Una confabulación histórica

El 29 de noviembre de 1947, una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió la finalización del Mandato británico sobre Palestina y la partición del territorio en dos estados: uno judío, con 14.500 km2 y otro árabe, con una superficie de 11.000. Jerusalén debía quedar como entidad separada bajo la administración de las Naciones Unidas. Sobre la “igualdad” de la partición sólo un dato: 1,2 millones de palestinos ocupaban hasta ese momento más de un millón de hectáreas, los quinientos mil judíos ciento cincuenta mil. La resolución fue impulsada por Estados Unidos, acaudillando a los países imperialistas, y la URSS.

El momento buscado para la partición no fue casual. Los palestinos no se habían repuesto aún de la derrota de la rebelión de 1936/39, motorizada por tres banderas: el establecimiento de un gobierno democrático en Palestina que representara la correlación existente entre árabes y judíos, la prohibición de transferencia de tierras palestinas a compradores judíos, la paralización de la inmigración judía a Palestina. Fue la respuesta palestina al intento británico de imponer ya en 1935 un consejo legislativo con paridad entre árabes y sionistas – éstos sumados a los ingleses, obtenían el dominio de la administración. Hacia 1935 las organizaciones sionistas habían logrado el 90 % de las concesiones otorgadas por el gobierno británico y la propiedad rural en sus manos había pasado de 30.000 hectáreas a 125.000 en sólo dos años (1929/30). La rebelión se abrió con una huelga general de seis meses seguida por una intermitente guerra campesina, y fue aplastada de modo sangriento (5.000 muertos, más de 14.000 heridos) por las fuerzas británicas y destacamentos armados sionistas. La rebelión fue el punto más alto alcanzado por la resistencia palestina y el debut de su identidad nacional. Su derrota estuvo íntimamente vinculada a la traición de su dirección, en manos de clanes feudales que rivalizaban entre sí y negociaban bajo cuerda con ingleses y sionistas. Los “efendi” (notables que integraban estos clanes) eran grandes terratenientes absentistas que mientras levantaban la voz contra la inmigración sionista y la compra de tierras por la Agencia Judía vendían las propias a altos precios y miraban para otro lado cuando los sionistas desalojaban a los “fellah” -campesinos pobres, que constituían la inmensa mayoría de la población palestina-.

Cuando la Agencia Judía y la organización paramilitar sionista programaron el apoderamiento de Palestina confeccionaron listas de los activistas que habían protagonizado la rebelión de 1936, “(sea de) familias que habían perdido algún miembro en la lucha contra los británicos” o de ”individuos de los que se decían que habían matado judíos”, lo que “alimentó las peores atrocidades cometidas contra las aldeas y condujo a ejecuciones masivas y torturas” (Pappé, La limpieza étnica de Palestina, 2011).

La división de la clase obrera

A nadie se le puede escapar que el voto de la URSS a la creación del Estado sionista -y de las “democracias populares” del Este- contribuyó poderosamente al aislamiento de la causa palestina en la clase obrera mundial. El propio Partido Comunista de Palestina que se reconocía como internacionalista, árabe y judío pasó a declararse, luego del 47, PC de Eretz Israel, adoptando la designación sionista y rompiendo sus vínculos con las masas palestinas. Hubo, además, una política premeditada del sionismo para dividir a la clase obrera que había protagonizado en conjunto -árabes y judíos- combates de clase hasta poco antes de la partición. Un mes después de la decisión de la ONU, el Irgun -una organización sionista- atacó con bombas una concentración de obreros árabes reunidos en la puerta de la refinería de petróleo de Haifa, la mayor concentración obrera de Palestina en la época. Enfurecidos, los árabes masacraron a 41 obreros judíos. Una investigación hecha por la propia comunidad judía reveló que la acción fue precipitada por el atentado del Irgun. La Agencia Judía condenó el hecho de palabra pero autorizó represalias y la Palmaj – fuerza militar de elite dominada por el sionismo “de izquierda”- destruyó casas de obreros árabes de la refinería y asesinó a sangre fría a 60 hombres, mujeres y niños. Fue una acción premeditada contra un lugar de trabajo referencial, reconocido por la solidaridad entre obreros árabes y judíos y con un peso importante de organizaciones de izquierda.

La masacre y la confiscación

Lo que el gobierno sionista presentó como una guerra de liberación nacional – su Guerra de la Independencia – fue en realidad una operación de expulsión de las masas palestinas y de incautación de sus bienes con métodos propios de la barbarie nazi y el colaboracionismo de los gobiernos árabes. El 15 de mayo de 1948, los británicos abandonaron Palestina. A las pocas horas fue proclamado el estado sionista y tropas de los países de la Liga Árabe penetraron en Palestina, entre ellas la Legión jordana, al mando de oficiales ingleses. Salvo ésta, las demás fuerzas eran simbólicas, escasamente pertrechadas y sin coordinación entre sí. Un pacto entre Ben Gurión – cabeza del estado sionista- y el rey Abdallah de Transjordania otorgó a este país los territorios adjudicados por la ONU al estado árabe palestino. Meses antes del ingreso de las tropas árabes y la proclamación de su estado el terror había sido impuesto en Palestina: las fuerzas sionistas habían desalojado por la fuerza a casi doscientos cincuenta mil palestinos.

Miente la propaganda sionista cuando dice que “la catástrofe” fue provocada por la negativa de los palestinos y los estados árabes a aceptar la solución de “dos estados” votada por la ONU. El conjunto de archivos abiertos desde hace treinta años prueba que milicias perfectamente pertrechadas – en gran medida por las armas de Checoeslovaquia y la URSS compradas por el dinero de los sionistas americanos – desalojaron una a una las aldeas palestinas fusilando a los activistas de la rebelión del 36, demoliendo las viviendas, ocupando las tierras, obligando al exilio forzoso. Las estadísticas compiladas por los nuevos historiadores (judíos no sionistas) son escalofriantes: entre 417 y 531 aldeas sobre 1.000 fueron destruidas o reconvertidas para convertirse en ciudades judías, étnicamente depuradas. La masacre de Deir Yassin (abril 1948, 254 asesinados a sangre fría), que provocó la condena de Einstein y otros intelectuales judíos, no puede hacer olvidar el abrumador resto. Un cruzamiento de datos de archivos militares israelíes y testimonios orales revelan entre treinta y una y treinta y siete masacres, sin que se sepa hasta el día de hoy la cantidad de asesinados. Entre 750 y 800.000 palestinos fueron forzados al exilio. En 2008, a sesenta años de la partición, Israel ocupaba el 85 % de la Palestina originaria. El supuesto estado palestino no existió jamás: el territorio “otorgado” por la ONU fue repartido entre Jordania y la franja de Gaza, bajo ocupación militar egipcia durante veinte años.

La expresión Al Nakba es elusiva, alude a la catástrofe pero no a sus causantes: el estado sionista impuesto por Estados Unidos, a la cabeza de los países imperialistas, y la dictadura estalinista de la URSS.

Christian Rath es escritor

Tomado de Argenpress

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