Mahmud Darwish, la voz y el aullido de Palestina

52857Por Emma Rodríguez

Sabemos lo difícil que resulta atrapar las luces, las verdades, de la Historia porque normalmente la Historia que nos llega ha sido escrita por los poderosos, por los más fuertes.

Somos conscientes de nuestra ceguera ante determinados acontecimientos y del modo en que aceptamos las lecturas que nos venden los grandes medios esparcidos por el mundo. Reconocemos nuestras limitaciones, nuestros errores, nuestra incapacidad para abarcar todas las interpretaciones, todas las preguntas, todas las incógnitas. Y, sin embargo, añoramos saber, entender, hacer añicos los estereotipos, manejar el lenguaje de la duda, del equilibrio, de la equidistancia.

Sobre todo esto he reflexionado a raíz de mi descubrimiento de Mahmud Darwish (1941-2008), deslumbrante poeta palestino al que he llegado por un azar que no ha sido tal, un azar impulsado por el ritmo de los acontecimientos, de las circunstancias del presente. Las recientes y terribles matanzas en Gaza me llevaron a él en busca de respuestas, porque no me bastaban las crónicas periodísticas ni las imágenes televisivas, porque ante la barbarie no quería permanecer inmune, ni mirar hacia otra parte, ni creer discursos escuchados una y otra vez, hipócritas discursos en nombre de intereses cada vez más al descubierto. Necesitaba saber y necesitaba ese horizonte, esa perspectiva, esa significación honda, esa cercanía y complicidad que sólo puede proporcionarnos la literatura.

Con ese ánimo, con esa sed, abrí las sobrecogedoras páginas de “En presencia de la ausencia”, una autobiografía poética publicada en España por la editorial Pre-Textos que no se parece a nada de lo que he leído hasta ahora, una obra que, a través de las vivencias de su autor, me llevaba no sólo a comprender los sentimientos, el dolor, de un pueblo humillado, sino que me acercaba a una voz única, de sublimes registros, a uno de esos idiomas propios que parecen renovarlo todo y que nos alcanzan como la primera lluvia que cae sobre la hierba en los campos y es capaz de limpiarnos la mirada y el corazón.

Porque basta ya de silencios, porque el drama de los palestinos no puede esquinarse nunca más en las páginas de los periódicos, porque no podemos seguir siendo meros espectadores del horror, debemos leer a Mahmud Darwish, seguir sus particulares charlas consigo mismo, sus cadencias, esa grandiosa obra que se alza como un símbolo de lucha y de resistencia, como una manera de afirmación allí donde se niega la existencia de un lugar, de un país, de una tierra usurpada. Darwish habla de “un verso para el lugar perdido, otro para el tiempo perdido” y nos dice que “la memoria cuenta con suficientes cosméticos para que el lugar se aferre a su sitio, y disponer los árboles a capricho”. “Y no porque el lugar esté en nosotros por más que nosotros no estemos en él”, prosigue, “sino porque la esperanza es, a modo de compensación, la fuerza indómita del débil”.

“Porque basta ya de silencios, porque el drama de los palestinos no puede esquinarse nunca más en las páginas de los periódicos, porque no podemos seguir siendo meros espectadores del horror, debemos leer a Mahmud Darwish, seguir sus particulares charlas consigo mismo, sus cadencias, esa grandiosa obra que se alza como un símbolo de lucha y de resistencia, como una manera de afirmación allí donde se niega la existencia de un lugar, de un país, de una tierra usurpada.”

¿Quién es este hombre que ha logrado reconstruir las ruinas de su pueblo con las palabras y que ha conseguido que el olvido no tape los paisajes de su infancia, que los recuerdos de sus padres y abuelos no fueran borrados de la faz de la tierra de un plumazo? Un enriquecedor prólogo del también poeta Jorge Gimeno nos pone en antecedentes. Darwix nació en Birwa en 1941, uno de los pueblos -en total fueron 531- que las milicias sionistas dinamitaron y arrasaron en 1948, cuando se produjo lo que en árabe se denomina “al-Nakba” (el “Desastre”), paso previo a la creación del Estado de Israel. Con siete años, ese niño, que después sería uno de los grandes poetas de las letras árabes, vivió la destrucción y el éxodo de su familia y de miles de palestinos que fueron arrancados de sus raíces. La geografía natal, esos paisajes situados en las colinas que separan el Mediterráneo de la Galilea interior, con su vegetación particular, con sus olores y sonidos, nunca llegarían a ser recuperados por quienes se fueron. Allí se construyeron otros asentamientos, que hoy en los mapas tienen nombres diferentes, pero sobreviven tal cual fueron en poemas y composiciones que recobran las calles, las voces y el canto de una cotidianidad, de un pasado al que aún no habían llegado los tanques.

Como Darwish, Yeshurun, aboga por no olvidar, por dejar constancia a través de la escritura, por contribuir, a través del testimonio, a despejar las conciencias dormidas, a llevar la verdad y la razón allí donde se quieren instaurar mitos, espejismos y perdones. Hace poco leía una interesantísima entrevista con otro disidente, el politólogo y profesor judío estadounidense Norman Finkelstein, quien sostiene que sólo la comprensión, la denuncia, la solidaridad internacional, las movilizaciones de la opinión pública a nivel mundial, las sanciones de los gobiernos, el apoyo decidido a los grupos de derechos humanos que abogan por la resistencia pacífica y masiva de la población palestina, podrán poner fin al asedio y al crimen consentido, como sucedió en su día con el apartheid en Sudáfrica. Finkelstein parte de la convicción de que Tanto Hamas como el Estado de Israel están empantanados en los discursos de la lucha armada y de la paz, cauces repetidos y secos que no llevarán a la solución.

Por todo eso, insisto, debemos abrir las puertas de los libros, en este caso las puertas de Mahmud Darwish, sabiendo que, además de acceder a través de ellas al corazón de un drama, estamos descubriendo una obra capaz de alzarse sobre sus circunstancias. Una obra que, siéndolo, no es únicamente un arma de combate, sino que va más allá de causas y de horizontes cerrados, elevándose como una cometa y hablándonos de nuestro pobre andar por el mundo, de los viajes, de las pérdidas, de la fragilidad, del amor, de la injusticia, de la impotencia, del miedo… Y, en medio de todo ello, la capacidad del ser humano para crear ríos de sueños y de deseos, la defensa de la vida, de la alegría del día a día que, pese a todo, sigue su avance imparable.

Voy recorriendo las páginas de “En presencia de la ausencia” absolutamente entregada a su juego de espejos y desdoblamientos, a esa conversación que el autor mantiene con su otro yo. El poeta y el hombre con los sentidos despiertos, en diálogo permanente. Sigo adelante paladeando cada pasaje, atenta a la originalidad de esa voz que le habla y le hace recapacitar, como si hubiera perdido la memoria y alguien, a su lado, estuviera reconstruyendo los episodios de su vida, haciéndole saber y al mismo tiempo instándole a actuar.

“La obra de Darwish, siéndolo, no es únicamente un arma de combate, sino que va más allá de causas y de horizontes cerrados, elevándose como una cometa y hablándonos de nuestro pobre andar por el mundo, de los viajes, de las pérdidas, de la fragilidad, del amor, de la injusticia, de la impotencia, del miedo… Y, en medio de todo ello, la capacidad del ser humano para crear ríos de sueños y de deseos, la defensa de la vida, de la alegría del día a día que, pese a todo, sigue su avance imparable.”

“Yo, el narrador, y no tú, hago que recuerdes ahora cuando el pregonero del pueblo se subía a una azotea y gritaba: ¡Que viene la hiena! Decenas como tú os precipitabais a las cuevas hasta que los soldados acababan su ronda de inspección en busca de los infiltrados en su propio país. Aquélla era una aldea tallada en la ladera, con casas de tres muros (…) Casas que vistas desde abajo, desde los olivares, semejaban un cuadro de piedras amontonadas sin orden ni concierto, compuesto aprisa por un artista ciego que se hubiera olvidado de poner, aquí y allá, una nota de color, y que a la postre hubiera tenido miedo del fruto de sus manos. ¡Ah! Y todas las ventanas miraban en la misma dirección. ¡hacia la hiena!”, transcribo este párrafo que nos lo dice todo.

Y hay otro, igualmente estremecedor, en el que la colectividad, el nosotros, acude al primer plano de la narración. “Es nuestro sino vivir encadenados a un destino inexorable, a un infierno tras otro. El agua la compramos de los pozos de los vecinos. El pan nos lo prestan generosas las piedras. Y vivimos, si es que esto es vida, en un pasado recién sembrado en campos que eran nuestros desde hace cientos de años hasta hace muy poco… hasta que fermentó la masa del pan y se enfriaron las cafeteras. En tan solo una funesta hora la historia entró por la puerta como un ladrón sin escrúpulos y el presente salió por la ventana (…) La mitología se impuso y el conquistador todo lo atribuyó a la voluntad del Señor, que había hecho una promesa y no la había roto. Sus cronistas escribieron: Hemos vuelto. Los nuestros: Han vuelto al desierto. Nos espetaron: ¿Por qué habéis nacido aquí? Nosotros les dijimos: ¿Por qué Adán nació en el paraíso?”

Una y otra vez, de distintas maneras, Darwish alude al “aquí” presente y al “allí” pasado. Confiesa que odió la segunda mitad de una niñez truncada y evoca “las flores amarillas de las chumberas trepando por las colinas, el olor a nostalgia de las bellotas asadas en la chimenea”, el manto del abuelo…” La necesidad de construir la identidad, de rescatar el pasado lo anima todo. “Acuérdate de tu país y olvida el firmamento / acuérdate de acordarte”, rezan unos versos.

La escritura, la verdad poética, llenó de sentido el trayecto de un hombre que padeció la cárcel y que más de una vez esquivó la muerte, las balas perdidas. Quien siempre fue ese niño obligado a huir de su aldea en una noche que desgraciadamente no fue una pesadilla, se sintió durante todo su trayecto como un transeúnte de aeropuerto en aeropuerto, de ciudad en ciudad -Beirut, El Cairo, Túnez, París…- Rastreamos esa experiencia en un texto: “Te ves en un tercer, cuarto, décimo aeropuerto, explicando a funcionarios indiferentes a la historia contemporánea que existe el pueblo de la Nakba, repartido entre el exilio y la Ocupación, pero ni te entienden ni te conceden permiso de entrada”, seguimos esa enigmática voz que va narrando los hechos, las heridas, los destellos, de una existencia. “Te ves en una larga película, narrando lentamente, lo que le sobrevino a tu gente, desposeída de la lengua, del trigo, la casa, los argumentos… desde que el gigantesco buldózer de la historia pasó y los arrolló y niveló el lugar con la vara de una mitología pertrechada hasta los dientes de armas y sacralidad”, continuamos leyendo. “¿Existen verdugos sagrados?, nos detenemos ante una pregunta tras la que vemos al poeta asumir lo inevitable y rellenar “la casilla de la edad, sin el apoyo de historiadores y autoridades, en un aeropuerto repleto de gente que corre a sus citas amorosas y de negocios”.

“La escritura, la verdad poética, llenó de sentido el trayecto de un hombre que padeció la cárcel y que más de una vez esquivó la muerte, las balas perdidas. Quien siempre fue ese niño obligado a huir de su aldea en una noche que desgraciadamente no fue una pesadilla, se sintió durante todo su trayecto como un transeúnte de aeropuerto en aeropuerto, de ciudad en ciudad”.

Así es este libro, hondo, doliente, conmovedor, valiente, lleno de rabia y rebeldía. Mahmud Darwish narra cómo lloró como nunca antes había llorado, con todos los sentidos, cuando los milicianos palestinos abandonaron Beirut rumbo a Túnez y otros destinos de acogida, en una retirada pactada con la comunidad internacional, sin saber que al dejar desprotegidos a los refugiados de los campos de Sabra y Chatila, en septiembre de 1982, estos iban a acabar siendo masacrados. El exilio, la provisionalidad, ocupa páginas y páginas de unas memorias por las que avanzamos con el corazón en un puño y la mente despierta, muy despierta.

No hay página, recreación, imagen, en este libro que no nos resulte iluminadora, pero hay un capítulo que resulta esencial y a mí me ha impactado especialmente. El poeta obtiene el permiso para regresar a su tierra, requerido por el escritor y amigo Emil Habibi, quien optó por permanecer en Israel en vez de tomar el camino del exilio. Habibi está enfermo y lo llama para que participe en un documental a su lado, pero cuando llega ya es para asistir al funeral. En ese viaje Darwix regresa a la infancia, busca los rastros de su aldea natal por el camino, abraza a su madre, a la que no ve desde hace años y recupera el olor de su café, motivo de uno de sus poemas más conocidos. En ese viaje puede hablar con esa mujer fuerte, que no se deja vencer, que sigue adelante, acude a la tumba de su padre y evoca la figura y las enseñanzas de un hombre que nunca descubrió su herida profunda ante su hijo.

Todo: las convicciones, las dudas, los anhelos de Mahmud Darwish se despliegan en una entrega donde la política y la vida, la fe y la desazón, van de la mano. En el camino nos encontramos al hombre que espera, que confía en que la Historia acabe revirtiendo su rumbo; al hombre que, junto con otro intelectual, Edward Said, redactó la Declaración de Independencia de Palestina, proclamada en Argel el 15 de noviembre de 1988. Una Declaración que aceptaba la existencia de dos estados en el territorio de la Palestina histórica y que se quedó en una idea, en un llamamiento no atendido.

“Regresar, regresar sin himnos ni banderas al viento. Casi como infiltrados, por el agujero de un muro. Casi como celebrando entrar por la puerta grande de, llamemos a las cosas por su nombre, una cárcel, el caos patrio…”, escribió el poeta en la época en que se mostraba crítico con los acuerdos de Oslo que llevaron al mando palestino, encabezado por Arafat, a aceptar el regreso a Gaza en 1994.

“Sabías que el Estado no pasaba de ser un texto literario. Sabías que la puerta que cruzaban los que volvían no comunicaba con la independencia, con ningún Estado. Es cierto que la Ocupación había salido de la alcoba, pero para sentarse en el salón y en el cuarto de estar. Controla el grifo del agua, el interruptor de la luz y el azul del mar. ¿Y no es mejor esto que nada? ¿No hay en esto nada bueno? Vacilas, eres dos: uno que dice que sí, otro que dice que en absoluto. Pero, ¿a cuenta de qué todo este alboroto, estos festejos de circunstancias cuyas imágenes narcotizan al mundo?”, dejó anotadas sus impresiones, lúcidas impresiones que con el tiempo se han teñido de razón.

“Regresar, regresar sin himnos ni banderas al viento. Casi como infiltrados, por el agujero de un muro. Casi como celebrando entrar por la puerta grande de, llamemos a las cosas por su nombre, una cárcel, el caos patrio…” escribió el poeta en la época en que se mostraba crítico con los acuerdos de Oslo que llevaron al mando palestino, encabezado por Arafat, a aceptar el regreso a Gaza en 1994.

Acudí a “En presencia de la ausencia” buscando comprender y he acabado encontrándome con uno de esos testimonios que son verdaderos aldabonazos en la conciencia. Me adentré en sus páginas por un motivo concreto, saber más de una realidad, y me he encontrado con una de esas obras trascendentes, capaces de salir de la experiencia individual para abrazar lo universal. Y es que esta autobiografía originalísima no sólo habla del éxodo palestino sino de todos los éxodos; no sólo recorre la vida de Mahmud Darwish sino que se convierte en el retrato de todos los exiliados y desarraigados de este mundo, de este siglo XXI habitado por hombres y mujeres obligados a emigrar, que sufren el rechazo en entornos desconocidos, o, lo que es peor, que han de cruzar mares para enfrentarse a muros invencibles.

“Volver… ¿adónde? Te preguntas mientras cuelgas cuadros en las paredes de tu nueva dirección. Ir… ¿adonde? lo que tienes por delante es provisional. Lo que dejas atrás, transido de provisionalidad, está disperso…”, escribe Darwix, quien se interroga acerca de cuántos cuadros ha colgado, cuántas camas ha abandonado para que duerman otros, cuántos versos ha olvidado por el camino. Hay maravillosos pasajes en este libro sobre las ciudades y sus olores particulares, sobre el amor que se desvanece cuando desaparece el misterio y sobre la nostalgia. “La nostalgia es un dolor que no siente nostalgia de otro dolor. Un dolor parecido al aire puro de montañas lejanas, el dolor de las viejas alegrías. Pero es un dolor saludable, que nos recuerda que estamos enfermos de esperanza… ¡y que somos unos sentimentales!”, nos dice el poeta.

Acudí a “En presencia de la ausencia” buscando comprender y he acabado encontrándome con uno de esos testimonios que son verdaderos aldabonazos en la conciencia. Me adentré en sus páginas por un motivo concreto, saber más de una realidad, y me he encontrado con una de esas obras trascendentes, capaces de salir de la experiencia individual para abrazar lo universal. Y es que esta autobiografía originalísima no sólo habla del éxodo palestino sino de todos los éxodos; no sólo recorre la vida de Mahmud Darwish sino que se convierte en el retrato de todos los exiliados y desarraigados de este mundo, de este siglo XXI habitado por hombres y mujeres obligados a emigrar, que sufren el rechazo en entornos desconocidos, o, lo que es peor, que han de cruzar mares para enfrentarse a muros invencibles.

“Volver… ¿adónde? Te preguntas mientras cuelgas cuadros en las paredes de tu nueva dirección. Ir… ¿adonde? lo que tienes por delante es provisional. Lo que dejas atrás, transido de provisionalidad, está disperso…”, escribe Darwix, quien se interroga acerca de cuántos cuadros ha colgado, cuántas camas ha abandonado para que duerman otros, cuántos versos ha olvidado por el camino. Hay maravillosos pasajes en este libro sobre las ciudades y sus olores particulares, sobre el amor que se desvanece cuando desaparece el misterio y sobre la nostalgia. “La nostalgia es un dolor que no siente nostalgia de otro dolor. Un dolor parecido al aire puro de montañas lejanas, el dolor de las viejas alegrías. Pero es un dolor saludable, que nos recuerda que estamos enfermos de esperanza… ¡y que somos unos sentimentales!”, nos dice el poeta.

“En el libro autobiográfico “En presencia de la ausencia” hay maravillosos pasajes sobre las ciudades y sus olores particulares, sobre el amor que se desvanece cuando desaparece el misterio y sobre la nostalgia. “La nostalgia es un dolor que no siente nostalgia de otro dolor. Un dolor parecido al aire puro de montañas lejanas, el dolor de las viejas alegrías. Pero es un dolor saludable, que nos recuerda que estamos enfermos de esperanza… ¡y que somos unos sentimentales!”, nos dice el poeta.

Cierro las páginas de este libro sabiendo que he de regresar a ellas en otras ocasiones. Me quedo con ganas de seguir en compañía de su autor un poco más y recurro al tomo de su “Poesía escogida” y al de “La huella de la mariposa”, un diario poemático que recoge textos cortos que escribió el penúltimo año de su vida, ya con la muerte muy cerca. Voy subrayando las palabras que más se repiten en sus composiciones y elaboro una lista que empieza en “árboles” y acaba en “vergüenza”. Un río atravesado de pérdidas, de miedo, de campos, de sueños, de soledades, de olvidos… Hay muchas reflexiones sobre la poesía en esta entrega, muchos retazos de lo cotidiano, mucha ternura. Hay una pieza en la que nos cuenta que despertó de golpe, abrió la ventana a una luz fresca, encendió el transistor, “no oyó noticias de nuevos muertos en Iraq, Gaza o Afganistán” y “pensó que estaba dormido”. Pero escuchó una nueva tanda de noticias y todo le indicó que era cierto, que no había ningún muerto nuevo, y “le alegró una mañana tan extraña”.

Así es Mahmud Darwish. Así escribe. Así lo relata. Camina por su propio corazón, como dice en un poema, y nos alcanza. Canta una y otra vez a su tierra, la madre tierra, y su melodía y su ritmo nos tocan. “En el transbordo de lo particular a lo universal reside la fuerza de su obra”, señala Luz Gómez García, quien tan espléndidamente ha vertido sus textos al castellano, en el prólogo de su “Poesía escogida”. Una poesía, nos dice, que “triunfa sobre el tiempo y el lugar por su belleza y su carisma”; que “reinstala al hombre en su lugar, pero no lo ancla a un paisaje y un tiempo unívocos, sino que lo sitúa en un permanente tránsito, en un entredós cuyo fin es hacerse reconocer y al tiempo conocerse a sí mismo”.

Una pintura con la imagen de Mahmoud Darwish en el muro del apartheid levantado por Israel.

Una pintura con la imagen de Mahmoud Darwish en el muro del apartheid levantado por Israel.

 

*Los libros de Mahmud Darwish de los que se habla en este texto son: “En presencia de la ausencia”, prologado por Jorge Gimeno y con traducción y notas de Luz Gómez García; “La huella de la mariposa” y “Poesía escogida”, ambos traducidos por Gómez García, quien también prologa el tomo de poesía. Todos han sido publicados por la editorial Pre-Textos.

*La entrevista con el politólogo Norman Finkelstein a la que se hace referencia fue realizada por Leila Nachawati y se publicó el día 21 de septiembre de 2014 en eldiario.es.

Tomado de Lecturas Sumergidas

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